Resulta simplón seguir con la cantinela de que la culpa de los malos resultados del Simce es solo de los profesores. Como se desprende de los testimonios de los colegios con mayor éxito en esta medición es una suma equilibrada entre lo entregado por los colegios y las familias de los alumnos. Buena parte de los estímulos educacionales como hábitos de estudio, higiene, predisposición positiva ante la vida, resiliencia, empatía, son adquiridos en la casa. Los colegios no hacen milagros. Alimentan y estimulan la materia prima que se incuba en la propia casa.Hay que decir, sí, que los profesores tienen hoy la pista más pesada que hasta hace unos lustros. Una infinidad de estímulos externos bombardea a los alumnos. Un cierto abandono de los mismos por una carencia afectiva. Soledad. Falta de atención real, repercuten en malos hábitos de estudio, tristeza, desorientación.
Muchos padres endosan la educación de sus hijos a los colegios. Como si con pagar se hiciera todo. Pero los resultados del Simce revelan algo tan antiguo como el hilo negro: la buena educación y rendimiento depende tanto de los colegios como de qué tan involucrados se sientan sus padres en este proceso.
Los buenos lectores no salen solo de colegios donde se tengan buenas bibliotecas. Surgen sobre todo de familias lectoras. Lo mismo en otras materias, cuyo aprendizaje se estimula por alimentar la curiosidad, el ánimo de aprender y sobre todo, la disciplina del trabajo cotidiano, base de toda ciencia. Esto depende también de padres y apoderados que se sientan en sintonía en el trabajo de los hijos.
Pero ojo: Los colegios de buen rendimiento que no se engañen. Incluso ellos están lejos de figurar en los estándares de países similares al nuestro como España o Portugal. Lo mejorcito entre nosotros no pasa de ser una escuela de nivel medio en esos países. Los que han estudiado fuera lo han constatado, a veces amargamente.
Padres involucrados en lo que hacen sus hijos, que les regalen tiempo real y no virtual (a punta de puras llamadas por celular no hacemos mejore personas); que se alegren de sus éxitos y los alienten en sus fracasos, es la base de toda educación.
A esto hay que sumar buenos profesores, estimulados en su labor y estimulantes para encender en sus alumnos las ganas de aprender.
Se echa de menos un ethos del trabajo riguroso, de la materia bien rendida, del desempeño prolijo y ordenado. Nos hemos mal acostumbrado a las chapuzas, a calentar materias, a vivir apagando incendios en materia educacional. Así como el terremoto puso en evidencia que muchas obras de ingeniería estaban casi pegadas con saliva, lo mismo ha sucedido en materia de educación. Vivimos pensando en que las varitas mágicas y la genialidad de último minuto salva todas las batallas. Hora de enmendar el rumbo. Podemos lograrlo.